Esteban pronunció entre el Sanedrín
un impresionante discurso en el cual fue recordando toda la historia
del pueblo de Israel y les fue echando en cara a los judíos
que ellos siempre se habían opuesto a los profetas y enviados
de Dios, terminando por matar al más santo de todos, Jesucristo
el Salvador. Al oír esto, ellos empezaron a rechinar de
rabia. Pero Esteban lleno del Espíritu Santo miró
fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que
estaba en pie a la derecha de Dios y exclamó: "Estoy
viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha
de Dios". Entonces ellos llenos de rabia se taparon los oídos
y se lanzaron contra él.
Lo arrastraron fuera de la ciudad y lo
apedrearon. Los que lo apedreaban dejaron sus vestidos junto a
un joven llamado Saulo (el futuro San Pablo que se convertirá
por las oraciones de este mártir) y que aprobaba aquel
delito. Mientras lo apedreaban, Esteban decía: "Señor
Jesús, recibe mi espíritu". Y de rodillas dijo
con fuerte voz: "Señor, no les tengas en cuenta este
pecado". Y diciendo esto, murió. Unos hombres piadosos
sepultaron a Esteban y la comunidad hizo gran duelo por él.
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